Mirarse al espejo. Mirarse el ombligo. Enamorarse de las propias ideas. No mirar la propuesta del otro. No incorporar el propio pasado. No aprender de los errores. Mirarse al espejo, mientras, atrás, en la nebulosa, como un fantasma, el gentío, la muchedumbre.
Espejo como espectacular, como escenario, como telón de reverberaciones del propio ego. No espejo como especular, como reflejo y reconocimiento de los derechos del otro, como espacio compartido parar mirar lo común.
La democracia de los espejos gana terreno en la vanidad del líder que solo se mira a sí, en la ansiedad del funcionario acomodado en su propio terreno, en la soberbia del dirigente que no quiere ver a los otros.
Existe el otro lado del espejo, así probado ya por Alicia, y, en esas maravillas que podrían descubrirse, se esconde como fruto prohibido, la voluntad del deseo de cambio.
De transitar por las calles, de nuevo, idea por idea, con la alegría de salir del atrapamiento, para no oir a los emisarios del orden, a la epístola laica del disciplinamiento febril o el arcaico devenir de la razón.
La democracia de los espejos impide vernos, así de simple.
(inspirado en un post de Gloria de la Fuente)


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